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Investigaciones exhaustivas realizadas en el campo de la biología celular durante los últimos diez años han demostrado que los genes no causan ninguna enfermedad, si bien se ven realmente alterados e influenciados por los cambios ambientales desde los primeros momentos en el vientre de la madre hasta los últimos momentos de la vida de una persona. Hoy día, los biólogos celulares reconocen que las condiciones e incidencias físicas tanto internas como externas y, lo que es más importante, nuestra percepción del medio ambiente, controlan directamente la actividad de nuestros genes.
Según ello, un gen que participe en el crecimiento normal celular, puede verse alterado por el entorno -el territorio interno celular y externo a él-. Es importante comprender que los genes no mutan porque se aburran de ser «normales» o porque quieran ser malignos. No tienen prácticamente más remedio que mutar para poder sobrevivir a un «entorno» hostil y tóxico (poco oxigenado y altamente ácido) creado por otros factores que no son genéticos. Los genes forman un patrón que se va adaptando constantemente a las influencias o cambios externos.
Los códigos genéticos no pueden hacer o causar nada por sí mismos. Si así fuera, la célula tendría una disfunción o moriría tan pronto como se separaran los genes (núcleos) de la célula.
Lo único que el ADN puede hacer es una copia complementaria (ARN) y utilizar dicha copia (de códigos genéticos) para producir las numerosas y diferentes proteínas necesarias para realizar las múltiples funciones y procesos del cuerpo. «El patrón molecular (código genético de la célula) cambia de modo anómalo sólo cuando la información que recibe la célula a través de su medio externo provoca una respuesta de estrés continuo en el interior de aquélla». ¿Qué quiere decir esto en términos prácticos?
Todas las células pueden producir adrenalina y otras hormonas del estrés, cosa que hacen cuando experimentamos una amenaza externa o interna que requiere una respuesta de «lucha o huida». La amenaza puede deberse a causas diversas: a aditivos alimentarios como el Aspartamo y el MSG (glutamato monosódico); a antibióticos o esferoides; a cruzar una carretera de mucho tráfico; al miedo a enfrentarse a la pareja o a una figura autoritaria; a sentir una gran inseguridad; etc.
Las funciones normales de las células se ven debilitadas a causa de las hormonas del estrés secretadas. El hecho es que el patrón genético (ADN) recibe una información distorsionada que a su vez altera el comportamiento genético de las células. En consecuencia, la producción del ADN de sustancias químicas naturales, como el anticancerígeno Interleukin II, y el antiviral Interferon, empieza a disminuir instantánea y significativamente. La salud celular y la capacidad inmunológica se ven seriamente comprometidas cuando la amenaza persiste durante un período más allá de algunos minutos a algunas horas (lo cual les sucede hoy día a millones de personas). Las células «asediadas» durante días, meses e incluso años no pueden cumplir sus funciones. La medicina alopática llama a eso «enfermedad crónica».
Cuando el cuerpo ingiere fármacos dañinos (todos los medicamentos contienen toxinas y perjudican por tanto a las células), o se ve expuesto a constantes pensamientos negativos, sentimientos, emociones, comportamientos, estrés, malnutrición, deshidratación, toxinas, etc., se altera el comportamiento de la totalidad de sus células, de unos 60 a 100 trillones. Las células más débiles son las primeras afectadas. La mutación genética de las células no es más que una respuesta de supervivencia a una amenaza que impide que la célula haga la tarea acorde al patrón genético original del cuerpo.
No hace tanto tiempo que los científicos expertos en el tema creían que la Tierra era plana e inmóvil. Después de todo, veían con sus propios ojos que el sol «caía» cada tarde por el horizonte y «salía» cada mañana por el lado opuesto. Esta indiscutible «verdad» era demasiado difícil de rebatir, pues se trataba de un fenómeno que las masas podían contemplar cada día. Sabían perfectamente que el mundo entero dependía de la salida y de la puesta de sol, de los ciclos del día y la noche. No se daban cuenta de que aquello que los ojos ven con claridad no es lo que ocurre realmente.
Hoy día sonreímos ante tamaña ignorancia, Sin embargo, con relación a las enfermedades modernas estamos viviendo los mismos viejos mitos transmitidos de generación en generación. ¿Acaso no estamos cayendo en la misma trampa de creer ciegamente lo que otros han aceptado como verdad personal y subjetiva? «Pero ahora es diferente, porque tenemos pruebas objetivas verificadas científicamente que prueban qué es real y qué no lo es.» Pero eso no es completamente cierto.
En primer lugar, la mayoría de los estudios científicos de investigación se basan realmente en ideas subjetivas, en las creencias y pensamientos de los científicos que dirigen esos estudios.
En segundo lugar, la investigación esta sujeta a un número casi infinito de posibilidades y a menudo de influencias muy variables que pueden alterar el resultado del experimento de modo impredecible.
En tercer lugar, pocas veces la ciencia encuentra algo que no espera encontrar. Los investigadores sólo se ocupan de investigar aquello que subjetivamente creen que vale la pena. El propósito de sus trabajos es satisfacer las expectativas que previamente han realizado sobre los resultados del experimento. Si se busca algo que subjetivamente se espera que sea cierto, lo más probable es que se encuentren pruebas objetivas que confirmen la suposición. Cuando los científicos genetistas pensaron que los genes controlan el cuerpo y el comportamiento, desarrollaron el proyecto del Genoma Humano que probaba exactamente esa hipótesis. Financiados por laboratorios farmacéuticos, esos científicos tenían un gran objetivo; tenían que realizar los objetivos de las grandes empresas farmacéuticas de patentar genes para nuevos y costosos tratamientos de «última generación» que generaran ganancias astronómicas. Para nada se menciona el probado hecho biomédico de que los genes no controlan nada. La única función de los genes es reproducir células. El cómo realicen esa función depende en gran parte de cada persona y de a lo que se exponga. De hecho, todos los genes del cuerpo están controlados por el entorno celular y sus influencias, incluidas las percepciones personales del individuo y sus creencias.






































